Responsabilidad
Social de la Empresa
BUENOS AIRES – 16 de Julio 2007 (AICA.org)
Conferencia pronunciada por
Mons. Oscar Domingo Sarlinga,
obispo de Zárate-Campana en Forum Empresa.
I
INTRODUCCIÓN
Una primera y fundamental consideración consiste en que,
por ser personas, todos somos «responsables» (condición
inherente a ser libres). Y así lo son también los
distintos niveles de sociedad humana, tanto el Estado como la
sociedad civil y la empresa (en tanto cuentan con lo que podemos
llamar «soberanía relacional») poseen responsabilidad
social. Más aún, la familia (llamada en su momento
por Juan Pablo II, también «soberana») posee
también una ineludible responsabilidad social. Por ello
debemos siempre tener presente la necesaria «corresponsabilidad»
de todos los sectores integrantes sociales.
Como vemos, quiero expresar que dicha responsabilidad social,
sobre la que vamos a tratar, no es algo privativo de la empresa,
sino que parte de la fundamental «inclinación social
de la persona humana», o «sociabilidad». A su
vez, de la fundamental dignidad de la persona, y de la armonía
entre su sociabilidad, un «proyecto dignatario» de
sociedad (o conforme a la dignidad humana) y el estado social
de derecho, surge la necesidad de la «gobernabilidad»,
o necesidad y condición del buen gobierno de una sociedad
determinada, para que pueda cumplir sus fines, los cuales deben
ser conformes a la naturaleza de la misma persona humana, destinada
a la felicidad.
Si bien no es el momento de hacer dilucidaciones filosóficas,
podemos traer a colación que una buena definición
de persona la encontramos en Boecio, en el siglo VI: “Naturae
rationalis individua substantia”(1) («substancia individual
de naturaleza racional»). En ella están contenidas
la pertenencia a una determinada natura, o naturaleza, que es
racional (y que incluye no sólo lo intelectual, sino también
lo espiritual, y, podemos decir, lo «connaturalmente religioso»).
De dicha definición, puesto que menciona la índole
a la vez racional e individual de la persona, podemos también
extraer las condiciones de «autoconciencia, determinación,
subjetividad». Estando las personas incluidas en una sociedad,
vemos entonces que la gobernabilidad no puede consistir sólo
en leyes impuestas desde fuera, que no serían sino mera
«heteronomía» (y por consiguiente negaría
la libertad y la subjetividad) pero tampoco de una pretendida
«autonomía absoluta» de la persona, lo cual
sería anomia. La persona posee su «riqueza óntica»,
que dimana de su propio ser, y la sociedad posee una «axiología
ética» que le es propia, y que debe ser tenida en
cuenta para la buena gobernabilidad.
Quizá son temas un poco áridos para la mentalidad
del mundo de hoy. Pero todos esos conceptos adquieren una nueva
dimensión si los miramos desde el principio (y a la vez
desafío) de la «solidaridad», la cual es fundamentalmente
una virtud que deriva de la caridad en su dimensión social,
y no un mero concepto sociológico.
Más aún, el principio, que hoy llamamos de «solidaridad»
y cuya validez, ya sea en el orden interno de cada nación,
ya sea en el orden internacional, ha recordado Juan Pablo II en
la Sollicitudo rei socialis, se demuestra como uno de los principios
básicos de la concepción cristiana de la organización
social y política. León XIII lo enunció varias
veces con el nombre de «amistad» (concepto que ya
hallamos en la «philía» de la filosofía
griega) y más adelante Pío XI lo designa con la
expresión no menos significativa de «caridad social».
Pablo VI, ampliando el concepto, de conformidad con las actuales
y múltiples dimensiones de la cuestión social, hablaba
de «civilización del amor»(2) o «civilización
del amor y de la paz». Todos son conceptos unívocos
y cargados del mismo significado, pues sin amistad social no se
puede vivir y la sociedad se desgarra en facciones.
Tanto los conflictos, como las guerras y las desgraciadas situaciones
del siglo XIX y XX nos han dado muestras de que la solución
auténtica para la sociedad de hoy (y en esto incluimos
la responsabilidad social), ha de tender a crear una comunidad
mundial mediante el ejercicio de la fraternidad y de la solidaridad,
cuyo desafío se calibra por la búsqueda de un «humanismo
integral y solidario» cuyas características, en nuestra
visión cristiana, son las siguientes: se trata un humanismo
«teocéntrico», esto es, visto a la luz del
misterio de la Redención(3) (lo que no excluye en absoluto,
antes bien, la afirma, a la libertad religiosa); «presente
en la historia»(4); «respetuoso con los derechos humanos»(5);
«comunitario donde se reafirme la primacía del hombre
sobre la sociedad»(6); «interrelacional y a la vez
unitario», en el que se respete la unidad de los pueblos
frente a la confrontación(7); «cultural, con una
nueva cultura del trabajo, del progreso y de la distribución
de los bienes»(8). El Papa Benedicto XVI recoge todo este
tema a lo largo de su Encíclica sobre el Amor, «Deus
Caritas est», que considero señera para nuestra época,
al mismo tiempo que hace una recensión acerca de los documentos
de los últimos Papas sobre la cuestión social y
sus soluciones de fondo(9).
Ahora bien, centrándonos en el tema de la responsabilidad
social de la empresa, considerado focalmente en este digno Congreso
Americano, digamos que posee como base «la consideración
de lo que la misma empresa es», esto es, un conjunto de
personas, que hay que respetar en sus derechos y en su dignidad,
puesto que su «eje ético» es éste: la
vida humana y sus valores deben ser siempre el principio y el
fin de la economía.
Por ello no podemos dejar de lado los fundamentos filosóficos
y teológicos. Pienso que se trata sobre todo de considerar
la «responsabilidad social de la empresa» desde la
perspectiva de «devolver al hombre su justo lugar en el
desarrollo de las actividades humanas, de modo tal que dicha responsabilidad
se constituya como una forma de gestión basada en valores
éticos», no en un «eticismo» de un puro
imperativo categórico sino en un «ethos» que
lleve a un empeño personal, moral, y consciente de los
miembros de la empresa a fin de cumplir íntegramente con
los objetivos internos y externos de la organización, considerando
las expectativas de todos los sectores y grupos de interés
involucrados, en todos los ámbitos humanos: lo económico,
social, y también ambiental, sin olvidar lo familiar y
espiritual. Todo ello es necesario para el «desarrollo sostenible
de la empresa y de la sociedad», demostrando el respeto
a la dignidad de las personas, a las comunidades y al medio ambiente,
colaborando así a la construcción del bien común
con justicia social. Esto requiere de la ética y la moral.
¿Puede entrar la moral en la gestión de la empresa?.
Debe hacerlo. Para el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia
la economía tiene en sí una «dimensión
moral»(10), que significa que el aumento de riqueza debería
acompañarse de una preocupación por la solidaridad
y de un espíritu de justicia y caridad. Porque de lo contrario
no llevarían a nada los esfuerzos tendientes a crear proyectos
capaces de animar a una sociedad más equitativa y un mundo
más humano. Tal esfuerzo es necesario y es posible para
preservar la calidad y el significado moral de la actividad económica.
II
PATRIMONIO HUMANO DE LA EMPRESA, SU MAYOR RIQUEZA
El supuesto demostrable de esta última se basa en que
los seres humanos (y no sólo, por ende, los «recursos
humanos») son el patrimonio más valioso de la empresa,
cuya finalidad es su existencia como comunidad de hombres, en
clave solidaria y servicial(11). En la «Centesimus Annus»
de Juan Pablo II, el Papa nos enseñaba los aspectos positivos
de la empresa, organizada para transformar la naturaleza y lo
humano: “(…) la moderna economía de empresa
comporta aspectos positivos, cuya raíz es la libertad de
la persona, que se expresa en el campo económico y en otros
campos” (12). Se trata de una asociación libre de
personas, destinadas a la producción de bienes y servicios
vendibles, a la que unos aportan capital, y otros, trabajo, ya
sea de dirección o de ejecución. En definitiva,
se trata de presentar una sociedad basada en el trabajo libre,
en la empresa y en la participación, elementos que, cuando
se dan, otorgan derecho de ciudadanía a la «economía
de empresa», «economía libre» o «economía
de mercado», factores todos que coinciden con un «capitalismo
de rostro humano», no un capitalismo salvaje y desencarnado,
sino “(…) un sistema económico que reconoce
el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de
la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para
con los medios de producción, de la libre creatividad humana
en el sector de la economía” (13). Ello significa
asumir nuevos valores, transidos de solidaridad, y a escala empresarial,
significa desarrollar nuevos recursos y capacidades estratégicas
coherentes con los principios del desarrollo sostenible. En las
enseñanzas del Concilio Vaticano II(14) se encuentran algunos
principios que señalan el horizonte de la ética
de empresa: se trata de situarla en la interdependencia entre
persona y sociedad, «la promoción del bien común»(15),
«el respeto a la persona»(16), «el respeto a
los adversarios», así como «la llamada a la
responsabilidad y a la participación»(17), «la
superación de una ética individualista»(18)
y «la potenciación de la solidaridad humana»(19).
Se preguntarán ustedes en qué momentos comenzaré
a dar alguna referencia más pragmática. Es verdad
que la Iglesia “(…) no propone sistemas o programas
económicos y políticos, ni manifiesta preferencias
por unos o por otros, con tal que la dignidad del hombre sea debidamente
respetada y promovida y ella goce del espacio necesario para ejercer
su ministerio en el mundo (...) y que (…) La Doctrina Social
de la Iglesia no es, pues, tercera vía entre el capitalismo
liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible
alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente,
sino que tiene una categoría propia”, como lo expresara
Juan Pablo II(20).
Entonces dirán: ¿Y dónde menciona al lucro,
motor fundamental de la empresa, en la concepción capitalista?.
Reconozcamos que, si bien el Magisterio de la Iglesia no deja
de reconocer que el beneficio es el primer indicador de la buena
marcha de la empresa, al mismo tiempo que reconoce dicha importancia,
subraya sobre todo la necesidad de tutelar la dignidad de las
personas que trabajan en las empresas, puesto que el trabajo,
la actividad laboral debe volver a ser el ámbito en el
que el ser humano pueda realizar sus propias facultades, usando
toda su capacidad e ingenio personales. Así, el crear las
condiciones más favorables para ello depende en gran parte
de los empresarios y no se opone a una justa ganancia, que debe
ser justamente compartida y participada, tanto más en nuestra
era de «globalización». Si nos referimos al
mentado fenómeno de la «globalización»,
no podemos dejar de ver que éste alimenta la esperanza
de una mayor participación en el desarrollo, pero también
presenta varios riesgos relacionados con las nuevas dimensiones
de las relaciones comerciales y financieras, que pueden producir
un incremento de la diferencia entre la riqueza económica
de pocos y el crecimiento de la pobreza de muchos. Por ello, la
globalización no debe ser generadora de «pobreza
globalizada», o de una «globalización de la
exclusión».
Dentro de una acción empresarial necesariamente contextualizada
por la globalización, constituye un deber de conciencia
para el empresario y para la sociedad en general el asegurar una
«globalización en la solidaridad», una globalización
sin dejar a nadie al margen, porque no se puede confiar el desarrollo
ni al solo proceso «casi mecánico» de la acción
económica de los individuos ni a la sola decisión
de la autoridad pública. Por este motivo hay que calificar
de falsas tanto las doctrinas hiperliberalistas, que se oponen
a las reformas sociales indispensables -en nombre de una conclamada
libertad, y también aquellas doctrinas que, imbuidas de
un colectivismo utópico, sacrifican los derechos fundamentales
de la persona y de los grupos «en aras de la organización
colectiva de la producción»(21).
A modo de primera síntesis, estamos en condiciones de
afirmar que, con el análisis de la enseñanza de
esta Constitución conciliar y de la mano de la encíclica
«Centesimus Annus» podemos señalar algunos
«ejes éticos» en torno a los cuales ha de contemplarse
en la praxis la dimensión social y responsable de la empresa
portadora de una función esencial con carácter cultural:
los hombres constituyen el patrimonio más valioso de la
empresa(22), y sólo con esta condición podemos hablar
de un «capitalismo aceptable, de rostro humano», como
lo concibe la mencionada «Centesimus Annus» de Juan
Pablo II, tan citada (que hunde sus raíces en la «Mater
et Magistra» de Juan XXIII), encontrando, de tal suerte,
los fundamentos conceptuales de la responsabilidad ética
de la empresa:
-Digamos también que el Magisterio de la Iglesia reconoce
la centralidad que en la economía actual posee la empresa:
“La moderna economía de empresa comporta aspectos
positivos, su raíz es la libertad de la persona, que se
expresa en el campo económico como en tantos otros campos”(23).
Por otra parte, afirmamos una vez más que esa centralidad
de la empresa en la economía proviene de la centralidad
de la persona humana y no del capital, puesto que, a raíz
de la dignidad de la persona es “(…) siempre más
evidente y determinante el rol del trabajo humano disciplinado
y creativo y, como parte esencial de tal trabajo, de las capacidades
de iniciativa y de emprendimiento”(24). Este es un criterio
axiológico fundamental para medir la función ética
de las utilidades y las ganancias de la empresa, esto es, el que
los factores productivos hayan sido adecuadamente utilizados y
las correspondientes necesidades humanas satisfechas. La empresa
debe ser una comunidad solidaria no encerrada en los intereses
corporativos, tender a una «ecología social»
del trabajo y contribuir al bien común, incluida la salvaguardia
del ambiente natural.
Así, estos conceptos, claves para una correcta apreciación
de la Responsabilidad Social Empresarial, han de integrar las
llamadas «cuatro P» en la lengua inglesa (especialmente
apta para todo lo empresarial), es decir: «profit, people
and planet» (queriendo significar las dimensiones económica,
societaria y medio-ambiental) con la primera y fundamental «P»
que es la de «Person, Persona», la cual subraya la
necesidad de que la razón de ser misma, la toma de decisiones
y todas las operaciones de la empresa partan del respeto de la
dignidad de la persona humana, y esta última concebida
en su integridad, también en su dimensión religiosa
y espiritual.
III
LAS SOCIEDADES O ASOCIACIONES INTERMEDIAS, O «EL TERCER
SECTOR» MARCO REFERENCIAL DE RESPONSABILIDAD SOCIAL
Hemos visto la dignidad fundamental de la persona humana, sus
inclinaciones sociales o sociabilidad, el papel del Estado y de
la empresa. Contemplada ahora la empresa en su proyección
en el ámbito social, no podemos dejar de considerar que
la participación del ciudadano en la vida pública,
tanto la individual como la asociada, se manifiesta de una forma
peculiar en las llamadas «sociedades intermedias»,
«asociaciones intermedias» o simplemente «tercer
sector».
En este último se han querido colocar aquellas actividades
que se sitúan a medio camino entre la aplicación
de «la economía estatal» y «la economía
privada de mercado», el cual constituye un sector lucrativo
y está formado por todas aquellas entidades cuyo fin es
la búsqueda de beneficio económico y están
reguladas por las leyes de la economía. El Estado, en cambio,
ha de ser un sector público y por ello no lucrativo y formado
por las administraciones públicas, los organismos autónomos
y las empresas estatales, cuya función es la de dirigir
las políticas de un país para que sus ciudadanos
puedan gozar de la calidad de vida adecuada.
Las asociaciones intermedias o tercer sector, muchas veces mal
llamadas a secas «voluntariado», es de iniciativa
social. No es Estado ni Mercado y está formado por todas
aquellas organizaciones no lucrativas que buscan el bienestar
de todos los ciudadanos. Dentro de este último existen
organizaciones tan dispares como las cooperativas agrarias tradicionales,
las entidades aseguradoras, las mutualidades, organizaciones de
voluntariado, y fondos éticos de diversa índole.
La Iglesia, dicho sea de paso (aunque no tendría que ser
necesaria la aclaración), no es –ella misma- una
mera asociación intermedia, aunque anime e incluso dirija
numerosas asociaciones intermedias del mencionado tercer sector,
o que incluso algunas de estas instituciones pertenecientes a
éste sean manifestaciones de la «caridad institucionalizada
de la Iglesia», como lo es por ejemplo «Caritas»,
con una generosa misión de promoción humana integral.
Todo el tercer sector posee como referencia esencial su dimensión
altruista y solidaria que definen una concepción generosa
de la economía, y que se halla basado en el gran principio
de la doctrina social de la Iglesia, que es el de la «subsidiariedad»,
animado intrínsecamente por el de la mentada «solidaridad»,
la cual actúa siempre como elemento transversal de toda
acción en bien de la sociedad(25). Como ya hemos hecho
alusión más arriba, no estamos hablando aquí
de una solidaridad comercial, instrumental o técnica sino
de una solidaridad esencial que configura las mismas estructuras
económicas y cívicas.
El tercer sector con sus asociaciones intermedias se dedica a
la «asistencia», donde es ésta es necesaria
(sin caer en un concepto reductivo de la limosna y menos en la
«subcultura o contracultura de la dádiva»),
y a la «promoción humana», esto último,
claro, sin suplir ni reemplazar (en lo cual consiste el principio
de subsidiariedad) a la sociológicamente llamada «representación
vertical», la cual es propia del Estado (para con el cual,
respecto de la Iglesia, subsiste el principio del Concilio Vaticano
II, de «mutua autonomía, sana cooperación»).
Se trata, entonces, de una cooperación con un proyecto
dignitario, tanto con el Estado y con el Sector privado, en una
«articulación asistencial, sí, pero sobre
todo promocional», que genere autodeterminación,
capacidades y productividad, para vivir con dignidad.
En la actualidad, las sociedades o asociaciones intermedias son
muy importantes y constituyen un motor para nada menor de la economía,
de tal forma que muchos ya han llegado a colocarlo como la esperanza
de futuro. Si el principio de subsidiariedad es correctamente
aplicado, podremos hablar no ya de este sector por una «contribución»
que provea al bienestar de los ciudadanos, sino por «una
economía social llamada a llegar donde no puedan hacerlo
los Estados y algunas empresas». Por tanto, en cuanto a
la amplitud, el tercer sector se aplica a la unidad de la dimensión
económica y política de la vida humana, individual
y social, con la insistencia puesta en la economía de servicios
o que buscan la aportación económica para satisfacer
las necesidades comunitarias, ya que, como también lo recordaba
Juan Pablo II, “(…) en este campo la primera responsabilidad
no es del Estado, sino de cada persona y de los diversos grupos
y asociaciones en que se articula la sociedad”(26). Mencionemos
aquí en primer lugar, las actividades propias de la llamada
economía social: cooperativas, empresas de cogestión
y actividades autogestionarias(27). Y en segundo lugar, las entidades
no lucrativas con declaración de entidad públicas
entre las que encontramos las mutualidades, asociaciones y sistemas
fundacionales(28).
A modo de ampliación, me permitirán que mencione
algunas organizaciones incluidas dentro del tercer sector, tales
como las formas de asistencia y promoción dependientes
de entidades religiosas (dentro de las cuales la Iglesia católica,
pero también numerosas otras confesiones religiosas, campo
en el que no menor es la posibilidad de cooperación ecuménica
e interreligiosa), así como por redes comunitarias de ámbito
local, a las cuales quizá pertenezcan algunos de ustedes
que están escuchando hoy esta conferencia. De la misma
manera, podemos hablar de Movimientos sociales, de formas de Asociacionismo
civil, tales como organizaciones de vecinos, deportivas, culturales,
educativas, de ocio y tiempo libre, o científicas, sin
olvidar a Organizaciones no gubernamentales que llevan a cabo
un servicio público, pero de carácter no-estatal.
No menor es el papel de las Fundaciones y centros de investigación,
asociados al mundo empresarial.
Como fácilmente hemos de colegir, una buena ley de voluntariado
y una correcta reglamentación hará que estos aspectos
de civilización y desarrollo puedan crecer y medrar para
el bien de todos en un país. Donde el tema no se halle
legislado, o se encuentre en una situación de inseguridad
jurídica, será la propia sociedad la que sufrirá
por causa de lo que podemos llamar una verdadera «irresponsabilidad
social», que explicitaré en el punto siguiente –y
final-.
IV
SOCIEDADES INTERMEDIAS, JUSTICIA SOCIAL Y OPCIÓN POR LOS
POBRES A NIVEL PLANETARIO
A la luz de todo lo visto, podemos afirmar que toda la «corresponsabilidad
social» del Estado, del empresariado, de las asociaciones
intermedias o tercer sector y de las mismas familias hallan su
sentido profundo en la justicia social que nace de la interpelación
que a la sociedad humana hace la fuerza esencial de la «caridad-ágape»
y su correlato, la ley moral. Por ello mismo, en un plano práctico,
el proceso de reforma del sistema internacional de comercio, la
reforma de sistemas monetario y financiero mundial, la cuestión
del intercambio de tecnología, la necesidad de una revisión
de las estructuras de las organizaciones internacionales existentes(29)
constituyen desafíos para este inicio del siglo XXI en
tanto que plantean serios retos a la cuestión sobre la
licitud moral de los actuales sistemas económicos y empresariales.
No todas las soluciones de corte «utópico-ideal»
están asentadas sobre bases sustentables, ni mucho menos.
La «opción preferencial por los pobres», que
sigue siendo ello, es decir, preferencial sin ser exclusiva ni
excluyente, ha de ser cada día más inclusiva en
un sentido amplio, con una actitud antropológica realista
y emprendedora, en todas las opciones que se propongan de cara
al futuro, siempre en el respeto básico a la dignidad humana
y a la verdadera promoción del hombre. En ese aspecto,
el tercer sector, según lo dicho hasta ahora, tiene un
carácter ciertamente emprendedor y vertebrador respecto
de una adecuada interacción con el Estado y con el sector
privado empresarial, todo lo cual apunta al deseo de incorporación
a la vida socio-económica-cultural (y religiosa también,
no olvidemos esta dimensión fundamental) de los sujetos
marginales y de los excluidos.
La opción preferencial por los pobres no podría
tampoco quedarse en un mero sentimiento, por noble que éste
fuera, o bien ser reducido a un concepto de asistencialismo (aunque
ya dijimos que la asistencia es necesaria, precisamente cuando
es necesaria…). La opción ha de ser efecto de una
decisión personal y colectiva, reconociendo la posibilidad
y factibilidad para los pobres de ayudarlos a construir una vida
nueva, con un punto-raíz personal y personalizado, con
un punto de llegada que es personal y colectivo en cuanto contempla
los pobres como personas individuales de naturaleza racional y
dignísimas como todos, y también como aquellos que
sufren las consecuencias de la acción de unas estructuras
planetarias que en ocasiones son «pecados estructurales»,
o, mejor dicho todavía, «estructuras transidas de
pecado». La encíclica «Centesimus Annus»
y la «Sollicitudo rei socialis» son claras en su exposición
de esta opción preferencial por los pobres, contemplada
incluso en el marco de la globalización o mundialización
de la economía en cuanto “(…) hoy se está
experimentando ya la llamada economía planetaria, fenómeno
que no hay que despreciar, porque puede crear oportunidades extraordinarias
de mayor bienestar”(30).
Por ello, a los fines de superar situaciones de injusticia y
crecer en corresponsabilidad, gobernabilidad e interacción,
esta Encíclica propone: La creación de “(…)
adecuados órganos internacionales de control y de guía
válidos que orienten la economía misma hacia el
bien común, cosa que un estado solo, aunque fuese el más
poderoso de la tierra, no es capaz de lograr”. Y ello para
la necesaria concertación de las acciones en pro de la
búsqueda de igualdad: “Es necesario que aumente la
concertación entre los grandes países y que en los
organismos internacionales estén igualmente representados
los intereses de toda la gran familia humana”.
La atención a los más débiles no puede ser
tachada de mero asistencialismo, incluso en el orden internacional,
ya que aquélla “(…) a la hora de valorar las
consecuencias de sus decisiones, tomen siempre en consideración
a los pueblos y países que tienen escaso peso en el mercado
internacional y que, por otra parte, cargan con toda una serie
de necesidades reales y acuciantes que requieren un mayor apoyo
para un adecuado desarrollo”(31). Y para esto se hace necesaria
también una opción política.
De hecho, la subvaluación y menosprecio de la política
(fenómeno no menor en nuestros tiempos) en nada ayuda a
la recuperación de la exclusión. Así como
vimos la positividad del tercer sector, también dijimos
que tenía que darse conforme al principio de subsidiariedad.
Pues aún con sociedades intermedias activas a nivel de
la sociedad civil, sin política no hay gobierno ni Estado,
y la caída en sí de las instituciones políticas
no podría obrar ningún bien, antes bien, originaría
corrupción. Por el contrario, en una buena actuación
de lo político, se desvela el nacimiento del «estado
de derecho social» y su sustentabilidad, en armonía
y corresponsabilidad de todos los sectores.
Esto último confluye en la misma acción y fisonomía
del Estado de bienestar desde tres niveles: el Estado cumple su
rol, el empresariado el suyo, con la consiguiente corresponsabilidad
social de la empresa, y al mismo tiempo nacen nuevos espacios
servidos por el tercer sector o asociaciones intermedias, lo cual
clarifica la situación de una gran población pasiva
dependiente del Estado o de las nuevas instancias nacientes en
un ámbito global o en mercados regionales. A partir de
esta interacción, en el mismo campo cultural surgen nuevos
productos que ponen un énfasis especial en el significado
de las relaciones humanas, en los bienes relacionales más
que materiales y en la cooperación(32).
Para que la dignidad de la persona, excelsa creatura de Dios,
pueda vivir en un mundo más humano, más digno del
mismo Dios y del hombre que ha creado.
Notas:
(1) BOECIO, De persona et duabus naturis, c. II.
(2) Cf. Juan Pablo II, Enc. Centesimus Annus, 10 (en dicha encíclica,
el Papa Juan Pablo hacía referencia a los conceptos de
«amistad social», tan fundamental para la gobernabilidad,
y al de «civilización del amor», empleado por
primera vez por el Papa Pablo VI en 1970).
(3) Cf Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, 31.
(4) Ibid., 32.
(5) Ibid., 33.
(6) Ibid., 42-44.
(7) Cf. Ibid., 40.
(8) Ibid., 29.
(9) “En 1891, se interesó también el magisterio
pontificio con la Encíclica Rerum novarum de León
XIII. Siguió con la Encíclica de Pío XI Quadragesimo
anno, en 1931. En 1961, el beato Papa Juan XXIII publicó
la Encíclica Mater et Magistra, mientras que Pablo VI,
en la Encíclica Populorum progressio (1967) y en la Carta
apostólica Octogesima adveniens (1971), afrontó
con insistencia la problemática social que, entre tanto,
se había agudizado sobre todo en Latinoamérica.
Mi gran predecesor Juan Pablo II nos ha dejado una trilogía
de Encíclicas sociales: Laborem exercens (1981), Sollicitudo
rei socialis (1987) y Centesimus annus (1991). Así pues,
cotejando situaciones y problemas nuevos cada vez, se ha ido desarrollando
una doctrina social católica, que en 2004 ha sido presentada
de modo orgánico en el Compendio de la doctrina social
de la Iglesia, redactado por el Consejo Pontificio Iustitia et
Pax. El marxismo había presentado la revolución
mundial y su preparación como la panacea para los problemas
sociales: mediante la revolución y la consiguiente colectivización
de los medios de producción —se afirmaba en dicha
doctrina— todo iría repentinamente de modo diferente
y mejor. Este sueño se ha desvanecido. En la difícil
situación en la que nos encontramos hoy, a causa también
de la globalización de la economía, la doctrina
social de la Iglesia se ha convertido en una indicación
fundamental, que propone orientaciones válidas mucho más
allá de sus confines: estas orientaciones —ante el
avance del progreso— se han de afrontar en diálogo
con todos los que se preocupan seriamente por el hombre y su mundo”
(Benedicto XVI, Enc. Deus Caritas est, 27).
(10) PONTIFICIO CONSEJO JUSTICIA Y PAZ, COMPENDIO DE LA DOCTRINA
SOCIAL DE LA IGLESIA, n. 332.
(11) Cf. Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, 35.
(12) Ibid., 32.
(13) Ibid. 42.
(14) Cf. Ibid, nn. 25-32 y 68.
(15) Ibid., 26.
(16) Ibid., 27
(17) Ibid., 31.
(18) Ibid., 30.
(19) Ibid., 32
(20) Ibid. 41
(21) Cf CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et Spes, 65
(22) Juan Pablo II, Enc. Centesimus Annus, 35
(23) Ibid., 32
(24) Ibid., 35.
(25) Cf. Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, 41.
(26) Juan Pablo II, Enc. Centesimus Annus, 48.
(27) Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et Spes, 68.
(28) Cf. Juan Pablo II, Enc. Centesimus Annus, 49
(29) Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, 43.
(30) Juan Pablo II, Enc. Centesimus Annus, 58.
(31) Cf. Ibid.
(32) Cf Ibid., 50; Id., Enc. Redemptoris Missio, 39; 52.
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